"Teatrino de la vida"- Panorama

El hombre frota sus manos para quitarse el frío del cuerpo. Mira hacia la noche estrellada y se piensa un punto insignificante del universo. Pero aún así, baja la vista hacia la luz del fuego chispeante y busca entre las brasas encontrar alguna vez el sentido de su vida. Vida que sabe que le fue dada y que, llegado el momento, le será quitada. Quizá por agradecimiento, quizá por generosidad o simplemente por jugar a ser dios, crea seres vivos desde la materia inerte. Usa sus manos y su voz. Talla la madera, cose los hilos, pinta con colores, templa el cuero y suelda los metales. Menos ambicioso o más cauto que el Víctor Frankenstein de Mary Shelley, construye una réplica de sí mismo. Un apéndice autónomo de su cuerpo. Títeres, marionetas, muñecos, fantoches, guiñoles. Panteras rosas de trenes de la alegría o pesadas máscaras africanas de madera. Carnavales, fiestas y rituales tan efímeros como la vida de los hombres que miran las estrellas. En menor escala sí pero con el mismo final. La caja, el clavo en la pared o el estante.




Diego Manara


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