"A tres voces" - Entrevista


Dell’ attore: ¿El mimo es un arte autónomo del teatro o es un género teatral más?

Lerchundi: Sí, es un género teatral. Pero donde nos expresamos a través del gesto. Hay distintos tipos de mimo. El tipo que nosotros hacemos tiene mucho de actoral. Lo que hacemos tiende la mano no solamente al mimo, tiende la mano al actor, al bailarín, a la gente de circo, tiende la mano hasta para la vida también. Da más seguridad. El descubrir centros expresivos, conocerlos separadamente, después unirlos. Hace bien, hace bien al ser humano. Uno no se siente una cosa.

Escobar: Yo creo que en las artes existen aquellas por ejemplo en las que el artista una vez que termina su obra, la obra queda. Pueden no existir Miguel Ángel y Leonardo pero sus obras persisten. Son eternas. Hasta lo que se puede decir eterno en el ser humano. Pero están las otras artes. Son las artes teatrales, que son tempo-espaciales, es decir, están pintadas en el tiempo y el espacio. Son el aquí y ahora. Una representación una vez que baja el telón se terminó para siempre. Nunca más se volverá a repetir ese momento. Por eso el valor que tiene el teatro. Hay que aprovechar ese instante de la representación porque no es eterno, no se puede ver en cualquier momento. En las otras artes, sí. Y bueno, entre las artes teatrales yo clasifico tres. El arte dramático, el mimo o la mímica – no se sabe cómo llamarlo, en alemán se dice pantomime pero es el arte del mimo - y la danza. En las tres, el artista se apoya en su cuerpo para expresarse. El actor necesita afinar su instrumento de trabajo que es su propio cuerpo. Por eso está la técnica del mimo, del bailarín, del actor, que son diferentes. El actor utiliza la palabra y el gesto. Unido o... el cuerpo diciendo una cosa y la palabra, otra. En cambio, el mimo utiliza únicamente el gesto. Todo su cuerpo, desde la punta del pie hasta la punta de la cabeza, es su instrumento de trabajo. No como esos mimos callejeros que improvisan, gesticulan con las manos y hacen morisquetas con la cara.

D. A.: ¿Cómo empezaron a hacer mimo?

L: Y meterse en el mimo... yo recuerdo que estaba en la decoración. Y mi padre cuando se enteró dijo: “Pero mi hijo enloqueció. Ni siquiera hace teatro, hace mimo. ¿Qué es eso?” Cuando yo me metí en el mundo del mimo fue una época... En la Argentina tuvimos muchísimo apoyo. No de partidos políticos, pero sí de instituciones como el Fondo Nacional de las Artes, Dirección de Cultura, etcétera. Era difícil ser mimo en aquellos tiempos.


E: Todo es una historia. Yo no pensaba para nada ser actor. Yo empecé estudiando filosofía. Nada que ver. Y resulta que en los cursos de filosofía había la parte de literatura que hablaba de teatro clásico, de la técnica del teatro. Y yo iba a todas las representaciones. Había mucho teatro independiente. Porque además me encantaba. Y de chico jugaba al teatro, y con todos los chicos del barrio me juntaba y hacía cosas pero sin saberlo. Yo era de una familia burguesa donde ser actor era de locos. Tenías que ser juez o escribano, tenía un tío general, primos almirantes. Entonces mimo, ¿qué es eso? Y además el mimo no existía, no era popular. Lo hizo popular Marceau. Marcel Marceau era un gran mimo. Fue el más grande. Lo que pasa que él creó su personaje. Entonces como él se hizo conocido, todos lo copiaron. Por eso Etienne Decroux no lo quería mucho a Marceau. Porque cuando nos hablaba de él, decía: “ese que se pinta la cara de blanco y que hace morisquetas”.

D. A.: A pesar de haber sido Marceau su discípulo.

E: Lo que pasa es que una vez hablando con Marceau, nos dijo: “A Decroux hay que conocerlo y después hay que olvidarlo”. Y tenía razón. Después nos dimos cuenta. A todos los profesores en arte y en todo. Los alumnos de Decroux o los de Marceau los siguen y los imitan y están años y años y años. Nosotros conocimos cuando estudiábamos con Decroux una italiana que hacía dieciocho años que estudiaba con él. Corinne Soum que tiene una escuela (la Ecole du Mime Corporel Dramatique) con su marido (Steven Wasson) en Londres estuvo doce años. Entonces son pequeños Decroux. Los alumnos de Marceau son pequeños Marceau. Y no es bueno eso. A nuestros alumnos les decimos: “ustedes van a estudiar tanto tiempo pero después tienen que buscar su personalidad, no tienen que imitar”. El arte es creación. Nosotros ponemos el acento en la expresión. ¿Qué es la expresión? Expresar viene del latín: exprimere. Quiere decir exprimir. Como una naranja uno se exprime. ¿Qué es lo que saca? Lo que hay adentro. En el teatro, como en todo arte, uno se expresa. Por eso cuando el actor es exterior, hace gestos y morisquetas, no es actor. No dice nada. Uno tiene que tener... no un mensaje, pero tiene que decir algo al público. En el arte todos tienen que expresar sus sentimientos, sus ideas, sus ideales, lo que fuera. No basta con hacer una obra y nada más. Por eso en francés en más justo: je m’exprim, yo me expreso.

L: Hacíamos arte dramático antes. Un teatro muy hablado pero de poca gestualidad. Y en nosotros bullía el gesto. El mimo apareció después.

E: Cuando nos dimos cuenta de nuestra vocación, empezamos a estudiar teatro y a hacer teatro íntimo. En la casa de mis padres. Y vendíamos entradas. Y después en casa de amigos. Hablábamos y hacíamos Sarte, Camus. En la época del existencialismo. Y creamos un número que era sin palabras: “Las aventuras de Tobi”. Esto es lo que queremos. Entonces nos empezamos a meter. Y cuando nos dimos cuenta, ya teníamos unos numeritos. Y nos llamaron para una escuela y después nos llamaron para el Auditorio de Mar del Plata. Y tuvimos mucho éxito. Y eso nos obligaba a crear nuevos números.


L: Con el mimo, dejando la palabra, yo dije: “Pero ¡pucha! este es un arte universal”. No hay un problema de idioma, no hay problema de fronteras. Yo venía de Europa. Nací en País Vasco español, viví en Francia, después acá. Pero con el gesto tengo el mundo en mis manos. ¡Qué maravilla! Entonces dejé la palabra. Además ahora que yo tengo acento, antes tenía más. Y cuando fui al Conservatorio de Arte Dramático, recién llegado de Europa, una mujer que atendía ahí me dijo: “¡Pero pibe, vos no podés entrar con este acento!”. Entonces bueno... no puedo entrar ahí... una escuela gratuita pero interesante. En una escuela paga, pagando aunque vaya tuerto, jorobado o rengo, me van a tomar. Y así fue: Teatro Regina.

E: Y ahí lo conocí a Igón. Una escuela de teatro que prometía mil cosas y nos desilusionó.

L: Yo venía de una disciplina europea. Y esa disciplina no era suficiente para mí. Un grupo de nueve personas nos separamos y tomábamos clase con diferentes profesores. Montando espectáculos en familia. No solamente para practicar sino también para recaudar fondos. Estudiábamos danza moderna, danzas rítmicas, expresión, hasta también ubicación de la voz. O sea estudiar distintas disciplinas. Cada uno iba con distintos profesores. Después nos encontrábamos todos los días e íbamos intercambiando las cosas. Y yo era un déspota. El que llegaba tarde, un minuto después: ¡se acabó!. Terminamos tres y después terminamos dos. Éramos muy exigentes. Como queríamos llegar a los festivales internacionales con Marceau nos exigíamos muchísimo.

E: En el Jardín Botánico se iba a hacer un espectáculo de Marco Denevi, “El emperador de la China”. Y nos llamaron de la Municipalidad, de la Secretaría de Cultura: “¿Ustedes se animarían a hacer la primera parte como complemento, con el gesto?” “Sí, ¿cómo no?”. Y entonces empezamos a preparar un número que se llamaba “Cuatro historias a la manera oriental”. Lo presentamos y gusto muchísimo. Y vino el embajador alemán, que nos dijo: “Muchachos, va a hacerse el primer festival internacional de Mimo en Berlín, quieren ir?”

L: Año 1962. Y dijimos: “¡Vamos!”. Era nuestro deseo. Como nosotros éramos autodidactas, habíamos estudiado distintas disciplinas pero el mimo no, dijimos: “¡Qué maravilla! A partir del festival iremos a París a estudiar con el maestro”. Y Marceau en Berlín quiso que formáramos parte de su compañía.

E: Y le dijimos que no.

L: Pero no por una bravuconada. Marceau era un genio. Era muy fuerte. Nos dijeron: “Cuidado con Marceau. Él es muy fuerte. Va a aplastarlos. ¿Por qué no van con quien fue su maestro?” Entonces hablamos con él y le dijimos que era una sombra tremenda para nosotros, que queríamos ir adquiriendo nuestra propia personalidad y que nuestra intención era aprender con Etienne Decroux. “¿Qué le parece, maestro Marceau?” “Me parece muy bien y si algún día se arrepienten, llaman a mi puerta” Así que estuvo realmente muy bien. Y no tuvimos necesidad de llamarlo a su puerta. Pero festivales que hubo donde participó Marceau, ahí hemos estado nosotros.

D.A.: ¿Qué recuerdan de Decroux?

E: Él fue el que nos dio la limpieza del movimiento, la perfección. Sacamos lo esencial de su técnica.

L: Y otra cosa importante también. Decroux nos hizo descubrir que la parte más importante del cuerpo es el torso. El yo. El sol es esto (señala su pecho). Los rayos son los brazos, las piernas y las manos. Y después el mundo interior. El yo. Todo tiene que partir interiormente desde aquí (el pecho). Él era magnífico. Además nos daba charlas. Nos quería muchísimo. Pero nunca nos habló así del mundo interior. Esto es lo más importante, pero ¿para qué? ¿por qué será así? El mundo interior, los estados de ánimo, los sentimientos, parten desde acá (el pecho). Entonces toda la gestualidad tienen que partir del mundo interior. Se toma una mayor dimensión. Cuando uno va poniendo el yo, poniendo realmente la energía interior, entonces el cuerpo crece. Y eso nos enseñó él. Que es energía que tiene que partir desde el mundo interior.


E: La energía tiene que trascender el escenario. Y llegar al público. Y el público te la devuelve. Y se crea el clima ése. Es mágico. Es mágico.

L: Y después investigando, investigando a partir de Decroux... Nosotros comunicamos a través de una presencia, a través de una energía. O sea si yo me comunico contigo, te envío algo y tú me envías algo. Concientizar que tenemos una maravilla interiormente, que es esa energía. Y a través de esa disciplina, el manejarla, el sentirlo. ¿No les parece que hay ciertos seres que producen rechazo? ¿O una energía extremadamente positiva? Entonces metiéndose en el mundo del gesto, uno lo puede manejar. ¿Cuál fue el primer gesto para ustedes? Es muy importante, hay que aplicarlo. ¿Cuando tú naciste, qué fue lo primero que hiciste? El primer gesto es inspirando: el niño ¿qué es lo que da?, ¿qué ocurre? Se abre, abre el torso, abre el yo. Se abre a la vida con total inocencia. Y el segundo gesto, cuando el niño llora, es el llanto. El sistema nos lleva a que partimos desde del segundo gesto. Todo es dolor, todo es llanto, preocupación. Y no. Tenemos que ponerlo en el primero. Fortalecernos a través del primer gesto. Se dan trabajos, ejercicios, para sentir ese primer gesto. El sentirse bien a partir del yo. La parte más importante de nuestro cuerpo, donde está el corazón.

E: Cuando vos ves la gente por la calle caminar, van generalmente agobiados. No miran adelante, no tienen metas. El yo está metido. El yo tiene que ir primero. Lo primero que va es el yo. Ahora el compadrito, el bravucón ya exagera el yo. Se lleva el mundo por delante. Y eso no.


L: Nosotros trabajamos a partir de los centros expresivos que son para sentirse ser humano, no una cosa. Porque uno va descubriendo que nuestro interior es de una densidad increíble, de una profundidad increíble. Nosotros no somos una cosita, un caramelito. No. Somos algo extremadamente denso y valioso. Nosotros somos un eslabón de una cadena que se pierde en el tiempo. En nuestro interior profundo tenemos de todo. Quizá tenemos un tibetano, un africano, ¿verdad? Entonces es importante partir del primer gesto. Desde el mundo positivo. Fortalecerse con el mundo positivo partir del yo.

D. A.: ¿Están en relación con la Asociación Argentina de Mimo?

E: Tenemos otro punto de vista. No estamos de acuerdo con algunas cosas, con otras sí.

L: Los conocemos, los conocemos. Tienen un estilo y nosotros tenemos otro estilo. Hay cabida para todos. Hay pocos mimos en el mundo. Tendría que haber muchísimos más. Somos muy pocos desgraciadamente. Miguel Ángel no estaba de acuerdo con Rafael. Rafael no estaba de acuerdo con lo que hacía Miguel Ángel. Salvando las distancias.

D. A.: ¿Cómo ven las últimas tendencias teatrales, como por ejemplo, el uso de tecnología? ¿Han visto espectáculos recientemente?

E: No. Últimamente no. Estamos muy ocupados. Mucho movimiento cultural en Buenos Aires. Hay más movimiento que en Madrid, que en Barcelona, que en París. A mí me parece bien, que el teatro tiene que evolucionar. Y puede cambiar cosas pero tiene que volver a lo tradicional, a lo esencial del teatro. El cuerpo humano. En el teatro existen tres elementos fundamentales. El actor, el público y lo que los une, que es el texto. Esa energía que va a la platea y que vuelve. Ése es el hecho teatral. El momento teatral.

L: Estamos todos los días nosotros acá trabajando mucho. Pero estamos informados. Hace tiempo que no vamos. No porque no queremos sino porque realmente estamos saturados. Nuestro estilo de trabajo, habiendo un mundo que está aplastado por la tecnología, para mí por lo menos, quiere dar importancia al ser humano. Solo, de a dos, de a tres, un grupo, en el escenario. Efectos de luces, música, pero dar importancia al ser humano. Ahora, no estoy en contra de la tecnología, mientras sea un complemento del intérprete. Pero no que la tecnología acapare el primer plano. En eso no estoy de acuerdo. Y en esta época, vivimos un mundo donde el ser humano está bastante vapuleado.

D. A.: Hace tiempo que no actúan, ¿cómo fue el momento de tomar esa decisión?

L: Nosotros dejamos de actuar ya con “La historia de Juan Moreira”, en el Teatro Cervantes. A partir de ahí. No queríamos ser mimos en decadencia, ¿verdad? Dijimos es el momento justo y ahí se acabó. Claro, a veces es terrible que digan: “son buenos pero no es lo que eran antes”. Y nuestro trabajo tiene mucho de trabajo corporal entonces... Porque mimo puede ser uno de ochenta o noventa años. Pero no era nuestro estilo de trabajo.



E: Era lo natural. Tenemos unos videos de Decroux en shorts. Un hombre grande ya, era lamentable. Y digo: eso nunca.

L: Lo que hacíamos nosotros gustaba muchísimo pero lo que hacíamos con alumnos no lo sabíamos. Decíamos “¿qué va a pasar?”. Antes hacíamos números cortos. Pero un espectáculo, un solo número, nunca lo habíamos hecho. Y con alumnos. Entonces nos dimos cuenta que ¡wow! nuestro gesto todavía es vigente. Entonces, eso nos dio una gran alegría. Y además nos dio ese entusiasmo para seguir con la gente joven. Es esa otra etapa. Es que la vida es como la madera: hay que pasar la antorcha. No ser un viejo decrépito y no querer transmitir. Hay que transmitir. El artista tiene que ser un gran ser humano. Descubrir que no es una cosa, que es algo realmente valioso.

D. A.: ¿Les ha quedado algo pendiente por hacer en su carrera como artistas?

L: Hemos hecho nuestro trabajo con pasión. Porque no solamente hemos trabajado ante público culto. Hemos actuado ante universitarios, secundarios también. En las cárceles. Para sordomudos, leprosos. Hemos hecho toda la escala social. Y el gesto llegó a todos.

E: Ahora queremos realizarnos con nuestros alumnos. Es una manera de realizarse, formando gente. Porque vienen chicos muy, muy acomplejados, con problemas. Y acá cambian, cambian su vida. Se crea una camaradería entre ellos. Y es una familia. Es increíble cómo a través del gesto, del conocimiento del cuerpo cambian su vida. Porque están bloqueados.

L: Yo soy un producto de la guerra. He pasado dos guerras: la guerra civil española y la segunda guerra mundial. Cuando era chico, tenía dos años de edad durante la revolución española... Entonces yo estaba por morirme de hambre y un soldado que no era de mi sangre me salvó la vida dándome su ración de comida todos los días. O sea, alguien me salvó la vida. Me tendió la mano. Fue muy importante para mí, por el modo de vida que he tenido. A mí eso me despertó un amor hacia el ser humano. Y a través de la trayectoria que hemos hecho, uno fue justamente descubriendo la densidad, la maravilla que es el ser humano. Entonces dijimos: “bueno, formemos alumnos nuestros, vayamos formando seres humanos”. Que vayan descubriendo lo que realmente ellos son. Porque muchos, la mayoría no saben. En verdad, de la piel para adentro no se meten. Y no metiéndose, no pueden descubrirse como seres humanos. Y aquí estamos descubriéndoles eso.



Textos: Diego Manara

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Dos MAESTROS de la vida. Enseñan solo con su presencia. Gracias

La Cuerda dijo...

Hola: ¡Qué maravilla volver a "escuchar" las palabras de estos dos seres maravillosos. Les agradezco por esta nota. La verdad que me han revivido momentos hermosos, de hace unos cuantos años, cuando fui alumna de Igon y Roberto en la Escuela Nacional de Arte Dramático (Actual IUNA y ex Conservatorio). Lo que transmitían estos dos hombres era indescriptible. Un amor por el arte y la vida, y una energía positiva que pocas veces sentí.
Gracias por recordarlo en esta nota.
Paula Echalecu
PD: les dejo el blog del grupo de teatro independiente en el que estoy trabajando, en la ciudad de Las Flores, provincia de Buenos Aires, por si quieren mirar un poco qué se hace por estos pagos en materia teatral: www.delbordeteatro.blogspot.com
Salud, dinero y amor

Ariel Sandez dijo...

Excelente la nota Diego!!! Apasionante la vida de estos dos artistas. Quiero estudiar con ellos!