"De eslabones" - Panorama

Un eslabón de la milenaria cadena un día se preguntó curioso cuántos como él estarían así unidos. Los viejos eslabones oxidados lo reprendían asustándolo. Le decían “no importa cuántos sino cómo”. ¿No importan cuántos si no como?, pensó el joven eslabón.
Habiendo preguntado no sólo a sus dos próximos entrelazados eslabones sino a a todos aquellos un poco más lejanos que pudieran oírle, llegó a la conclusión que cada uno sólo pensaba en sí mismo. Era la costumbre lo que los mantenía unidos, para no caerse. Porque así nacieron y así morirán.
Una tarde de esas en las que la lluvia primero y el sol después hacían de las suyas sobre el hierro, algo inesperado ocurrió. El joven eslabón, uno de los pocos que no dormía la siesta, oyó voces de niños a lo lejos. ¿De qué se trata tanto alboroto?, se inquietó. Las voces cada vez eran más claras y cercanas. Cuando ante los ojos del joven eslabón (porque las cosas también tienen ojos y nos miran) pasó veloz un grupo de chicos corriendo carreras con sus bicicletas. Pero no fue sólo eso precisamente lo que llamó la atención de eslabón. Entre los humanos pies, joviales y aceitadísimas cadenas hacían rodar velozmente las ruedas de las bicicletas. En ese segundo que fue eterno, eslabón alcanzó a ver cómo uno de los eslabones, mientras corría y hacía correr, lo miraba. Sí, lo miró a él. Y el eslabón de la bici lo miraba a él con pena. Pues claro, nuestro amigo eslabón formaba parte de una cadena inútil que colgaba de un clavo en una pared. Cualquiera lo hubiera mirado así. Con pena. ¿Por qué colgamos, sosteniendo la nada, en vez de hacer algo con nuestra fuerza?, se preguntó eslabón. Esto tiene que cambiar.
Al día siguiente, ideó un plan. Decidió convertirse en un gran eslabón. Se aceitó e hizo ejercicios físicos. Llamó la atención de sus hermanos eslabones: ¿Qué hacéis?. Él respondió misteriosamente: “Soy un gran eslabón y, como ustedes, formo parte de una gran cadena”. Al principio, todos reían al ver los esfuerzos de eslabón. Pero luego y poco a poco su persistencia pudo más. Algunos empezaron a creer en eso de “ser parte de una misma cadena”. Otros seguían oxidándose al sol. Eslabón, consciente del poder multiplicador de su energía, no se daba por vencido. Hasta que un día le llegó el rumor de que aquellos lejanos eslabones, desconocidos para él, habían decidido imitarlo y cambiar su vida. Eslabón quería festejar y sacar chispas a lo loco, pero en eso, otro motivo de alegría llegó. Un viejo se acercó despacio. Y después de mirar un rato, descolgó la cadena. “A trabajar, muchachos”, gritaron todos los hierritos juntos. Sabían que el esfuerzo había valido la pena y que una nueva historia comenzaba para ellos.
Diego Manara

1 comentario:

victor dijo...

Pero qué genialidad has escrito, Di Em!